Saturday, October 22, 2016

¿Son más determinantes los votos o el poder de compra?

¿Se ha planteado usted alguna vez que cada vez que compra un producto están “votando” para que determinada filosofía empresarial se imponga en nuestra sociedad? ¿Cree usted que elige qué futuro quiere para sus conciudadanos o sus hijos sólo cuando introduce una papeleta en la urna? ¿Se han preguntado si ese “voto de compra” pesa más que su voto electoral a la hora de definir el mundo futuro en el que viviremos?

derblauemond (*) – elblogdelsalmon.com

Si estas preguntas le han pasado alguna vez por la mente, o si le han parecido interesantes (o incluso preocupantes), le recomiendo que lea nuestro análisis de hoy. Aunque quedan advertidos de que es un análisis que trata de ser objetivo y razonado, pero a buen seguro algunos pensarán que tiene connotaciones subjetivas. Puede ser, no obstante, me permito la licencia de decirles que también puede ser que la subjetividad esté en la mente del que lo lee. Abran su mente, desháganse de opiniones preconcebidas e intereses personales, y lean puntos de vista que personalmente considero esenciales para dibujar a mano alzada el mundo que queremos dejar en herencia a nuestros hijos.

La democracia es el sistema más justo (o menos injusto) de los conocidos

Soy consciente de que hay ciertos agentes socioeconómicos para los que un sistema justo no es un objetivo, sino simplemente un producto que vender. Sin entrar en lo censurable o no de la afirmación anterior, sí que creo que de esa actitud podemos sacar una conclusión interesante. Dado que la población en general no acepta la injusticia de buen grado, los sistemas injustos y los totalitarismos se caracterizan porque han de utilizar para imponerse la fuerza, la manipulacion, y la represión. En las sociedades desarrolladas esta vía afortunadamente no se contempla, al menos no con el carácter masivo de las dictaduras. Pero la derivada es que ciertos agentes socioeconómicos, si bien siguen buscando meramente satisfacer el interés personal, en vez de buscar el bien común, al ser conscientes del hecho anterior, tratan de vender una imagen de un sistema justo para que no generar agitación social.

Pero no hay que olvidar que, tanto en el espectro conservador como en el llamado “progresista”, también hay políticos y agentes socioeconómicos que creen firmemente en la necesidad de tener un sistema justo, si bien no debemos olvidar que el sistema ha de ser además económicamente viable y sostenible. 
Olvidándonos de los vendedores de humo por un momento, aceptemos que el objetivo debe ser construir un sistema justo, para hacerlo viable sin necesidad de que recurran a la fuerza que otros no dudan en ejercer. Y en este punto simplemente aclararles que los términos en los que un servidor se plantea nuestro sistema es que debe ser justo per se: sin necesidad de acudir ni esconderse tras excusas de viabilidad.

Y para muestra un botón: ¿Creen que es casualidad que los países con mayores diferencias sociales sean los países en los que hay más inestabilidad social? ¿Acaso no creen que la injusticia lleva a la movilización de las clases más desfavorecidas?… He ahí la insostenibilidad de un sistema injusto. Cuando una parte importante de la población cree que no tiene nada que perder, y no ve futuro ni para sí ni para sus hijos, es proclive a pensar que no puede estar peor y que cualquier otra solución es mejor que la presente, por muy radical que sea. Y la pena es que las soluciones radicales se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban. Eso sí, lo comparta o no, no seré yo el que les culpe por pensar así cuando ya no saben ni cómo explicarles a sus hijos por qué no tienen nada en el plato, ni para qué hay que esforzarse en el colegio.

Sea por egoismo, sea por convencimiento, tenemos que sin represión, un sistema socialmente sostenible ha de ser justo. La siguiente cuestión que iba a plantearles les cae más cerca: ¿Es nuestro sistema un sistema justo y por ello socioeconómicamente sostenible?

¿La política dirige la economía u ocurre al revés?

Dejaremos la respuesta a la pregunta anterior para un poco más adelante, tras una reflexión previa que deben hacer antes de contestarse. Primero han de plantearse la siguiente pregunta del título de este artículo: ¿Qué tiene mayor peso en las socioeconomías occidentalizadas? ¿Nuestros votos como votantes o los euros que nos dejamos como consumidores?

Resulta obvio afirmar que lo que estructura la socioeconomía de un país es su sistema político. Pero también resulta obvio concluir que lo que vertebra su sociedad se basa fundamentalmente en la economía. Ambos aspectos, política y economía, confluyen en el tema central del que les suelo hablar desde estas líneas: la socioeconomía. No podemos negar que, hay algunos países en los que política y economía se funden formando un todo; sin ir mucho más allá, ahí están los sistemas totalitarios. Pero lo que es cierto es que hoy en día, incluso en los países democráticos, la frontera entre política y economía es tan borrosa en la práctica totalidad de los casos, que nos podríamos atrever a dar por sentado que aquí la economía dirige la política.

Si todos los agentes económicos tuviesen un comportamiento ético que salvaguardase el bien común y la justicia, no encuentro a priori nada que impida que la economía rija nuestros sistemas. Incluso soy un firme defensor de que la economía es la base de todo, ya que sin economía no hay educación, ni sanidad, ni políticas sociales… ni nada de nada. En todo caso, recordando que el sistema debe ser justo, llegados a este punto, lo que debemos plantearnos es si una sociedad dirigida por el dinero es sostenible a largo plazo, además de si es justa para sus ciudadanos: dos caras de la misma moneda.

¿Un sistema basado en la economía puede ser considerado una democracia?

Si nos centramos en el aspecto meramente económico, por definición nuestro sistema es una plutocracia. Al contrario del hecho de que todo voto pesa lo mismo en la urna, toda decisión de compra no pesa lo mismo en el sistema. En la práctica, la realidad ha demostrado que en nuestro sistema económico se impone lo que aporta más beneficios, que debería coincidir con lo que se vende más. Pero hoy por hoy esta propagación no quiere decir únicamente que los productos que usted compra más serán los productos más abundantes en todas las tiendas, sino que también se extiende por el sistema el modelo de gobierno corporativo de la empresa que los produce, su filosofía empresarial, sus condiciones laborales, su imagen de marca, y así hasta un largo etcétera.

Si compran ustedes productos a compañías con malas condiciones laborales y que exploten el trabajo infantil, están ustedes contribuyendo a que su censurable modelo empresarial se imponga. Así vemos cómo lo que ustedes decidan comprar con su dinero, es precisamente lo que ustedes están “votando” para que se extienda como un reguero de pólvora por nuestro sistema. El gran problema está en la palabra “votando”, que he utilizado entrecomillada con toda la intención. Este “votando” no es comparable en equidad al voto en la urna. En un sistema dirigido por la economía, el que más compra es en realidad el que más influye qué se impone en nuestra sociedad. Ni que decir tiene que el que más capacidad de compra tiene es el que posee más dinero o activos.

Si los razonamientos no son suficientes para convencerles, vayamos allá con unos pocos datos. Antes de presentarlos, simplemente les aclaro que con este párrafo no quiero justificar en absoluto la ideoneidad del PIB como indicador rey para medir el progreso económico, puesto que los que me leen ya saben que reflexionamos sobre el enorme error que supone seguir utilizándolo como oráculo de las políticas económicas en el artículo "Si el PIB no mide bien cómo va una economía, ¿Cómo lo hacemos?". Pero lo que tenemos hoy por hoy es que el crecimiento del PIB es una de las variables económicas con mayor influencia sobre la política, sino la que más (con permiso del desempleo, que para mí es una prioridad), y... ¿Qué es lo que más peso tiene sobre el PIB?

Como pueden leer en este informe del Banco Mundial, salvo algunas excepciones de las que podemos decir que confirman la regla, en los países desarrollados se puede decir que el gasto derivado del consumo de los hogares está en torno al 60% del PIB. En el caso de Estados Unidos en 2014 supuso un 68.5%, y en el caso de España un 58.3%. Estos datos ya deberían de por sí confirmarles que con cada decisión de compra ustedes están "votando", tanto directamente por la influencia sobre el sistema político, como indirectamente sobre la sociedad por contribuir a que se extienda el modelo empresarial objeto de su compra. Pero por si esto no es suficiente para convencerles, lean esta breve e interesante pieza publicada en el New York Times sobre cómo el sobreendeudamiento de los consumidores desencadena las grandes depresiones. Si la realidad potencial del porcentaje de su influencia compradora sobre el sistema no les es suficiente, tomen como válido al menos la realidad palpable de qué ocurre cuando esa capacidad de compra se deprime.

Sinteticemos en este punto las conclusiones a las que hemos llegado por el momento: vivimos en un sistema en el que generalmente los intereses económicos dirigen la política, en el que a su vez la economía viene definida por los beneficios que dan las empresas, y estos beneficios a su vez dependen de las decisiones de compra de los ciudadanos. Además, el que más tiene más decide, porque aunque no compre un producto, si ahorra el dinero, al final lo invertirá aunque sea en una cuenta bancaria: eso ya es poder de decisión. Llegamos pues al punto central de la cuestión. ¿Es justo que el que más recursos posee tenga por lo tanto más influencia sobre el futuro del sistema? No seré yo el que les de una respuesta a esta pregunta: se van a contestar ustedes mismos.

¿Cuál es la definición de democracia según la Real Academia Española?: “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. La pregunta ineludible ahora es ¿Qué es el pueblo? De nuevo la RAE acude en nuestra ayuda y lo define como “Conjunto de personas de un lugar, región o país”. Por lo tanto, en una democracia, la política ha de venir determinada predominantemente por el conjunto de los ciudadanos del país. En un país con una clase media mayoritaria, esto se cumplirá a grandes rasgos. ¿Pero qué ocurre en un país donde no hay clase media mayoritaria? Señores, la conclusión es obvia: si la capacidad económica rige los designios como hemos concluido antes, entonces no hay democracia.

La última conclusión de este artículo es que, si en un país se deteriora la economía y la sociedad se polariza entre una mayoría de desfavorecidos y unos pocos pudientes, ¿Podemos afirmar que hay democracia real? ¿Es un sistema socioeconómicamente justo? Y… ¿Será sostenible en el largo plazo? Tras llegar al final de este análisis, espero que ya tengan ustedes por mismos la contestación a estas tres preguntas esenciales para entender cómo se define nuestro futuro. Yo también las tengo, y, a modo de respuesta, simplemente pediré desde aquí a nuestros políticos que, por favor, aunque sea incluso sólo por egoismo, no nos exterminen a la clase media. Por el bien de todos.


Imágenes: Pixabay landrachuk, Pixabay geralt, Pixabay Kaz, Pixabay marc-hatot.

(*) Comuníquese con el autor aquí.

Este artículo fue originalmente visto en elblogdelsalmon.com, una publicación de weblogssl.com amparada con Licencia Creative Commons reconocimiento 3.0.

No comments:

Post a Comment